¿Es AMLO populista? Alejandro Monsiváis Carrillo

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ha sido calificado como populista en numerosas ocasiones. Sin embargo, el término se utiliza  de maneras diversas.  Suele asociarse con ese gusto por ser aclamado en los mítines que organiza en su incansable recorrido por los poblados más remotos del territorio nacional; en otras ocasiones, se vincula  con las tendencias estatistas y asistencialistas que caracterizan a su gobierno, las cuales parecen añorar la restauración del orden político-económico que vivió el país durante las décadas de los años 60-70 del siglo pasado. Igualmente, se ha llamado populista a la forma en que desacredita a quienes percibe como sus adversarios, lanzando mofas e invectivas en contra de ellos, sacando ventaja de la autoridad que le confiere su investidura de Jefe de Estado.

Desde el punto de vista de la política en su sentido más prosaico, concebida como una interminable y aguerrida pelea por los votos y los recursos, en realidad no importa mucho cuál sea la razón para llamar populista a AMLO. Lo que importa, para sus opositores, es “que pegue”: que tenga impacto en la opinión pública e influya el balance de fuerzas en la arena política. Se trata, a fin de cuentas, de la misma táctica que sigue el presidente, hábil para denostar todo aquello que se oponga a su causa.

En cambio, desde la perspectiva del análisis sociopolítico, ese que con reticencias y circunloquios no deja de aspirar a seguir las normas de la “ciencia social”, identificar los atributos que definen al populismo,  sí resulta una tarea crucial.

Como muchos otros, “populismo” es un término polisémico, que lleva consigo los usos y sentidos que se le han atribuido en diferentes contextos y momentos. Diversos profesionales de la teoría social y política, al igual que otros desde las humanidades y las ciencias sociales, le han dado aplicaciones diferentes al concepto, ofreciendo buenas razones para hacerlo.

Recientemente, sin embargo, a partir de la revitalización que ha tenido el populismo como fenómeno político a lo largo y ancho del mundo, ha surgido un creciente consenso entre los especialistas alrededor de lo que se conoce como una concepción “ideacional” o “discursiva” del populismo. De acuerdo con Hawkins y Rovira es populista todo discurso, idea o expresión que tenga tres elementos: a) una concepción maniquea del mundo, donde todo puede reducirse a una lucha permanente entre el bien y el mal; b) una concepción de “pueblo” en la que adopta la forma de una comunidad homogénea y virtuosa; y c) una élite, corrupta y viciosa por definición, en conflicto perenne con el “pueblo”.

Ese enfoque no niega que el populismo tenga consecuencias materiales sustanciales, muchas veces en detrimento del desarrollo económico, la solidaridad o la democracia. Lo que hace es preguntarse cómo y por qué. Se propone delimitar analíticamente lo que el populismo es de lo que no es, lo cual  permite evaluar mejor cómo surgen  los políticos o movimientos populistas, cómo llegan al poder y cuáles son las consecuencias que pueden serles atribuidas.

Otra ventaja de la  concepción «discursiva» es que no asume, de entrada, que el populismo sea un atributo de políticos de izquierda o derecha, nacionalistas o socialistas. La visión populista, antes bien, es flexible y versátil. Se adapta a cualquier necesidad e ideología. Lo mismo está presente en las promesas de Donald Trump de devolver su grandeza a “América”, que en la revolución bolivariana de Hugo Chávez.

AMLO, entonces, es populista por tres razones. En primera instancia, alberga una concepción homogénea y virtuosa del pueblo, como lo muestra en sus declaraciones y discursos. “¡Gracias por el apoyo que recibo de ustedes! Yo sólo soy un dirigente. El Pueblo es el gran señor. El Pueblo es el que verdaderamente manda, gobierna y transforma”, dijo  en un mitin popular a raíz de  su I informe de gobierno.

En segundo y tercer lugar, para López Obrador, las élites, la “mafia del poder”, son responsables de la “corrupción” y todos los males que aquejan al país:  el conflicto entre el “pueblo” mexicano y la “mafia del poder” alcanza por ello, el estatus de una lucha cosmogónica entre el bien y el mal. Su gobierno no busca, sino que ya representa la “Cuarta Transformación” (4T): un “cambio de régimen” equiparable a eventos históricos como la Independencia (1810-1821), la Reforma (1857-1961) y la Revolución (1910-1917). Los opositores a la 4T, “fifís”, “conservadores”, “neoporfiristas”, “neoliberales” y los que se acumulen, están “moralmente derrotados”.

Como todo discurso populista, el de AMLO puede alcanzar una mayor o menor intensidad, en ocasiones y situaciones diferentes. Desde luego, además del populismo, otros atributos definen su estilo personal: es un político con rasgos de mesianismo, que desconfía de los pesos y contrapesos institucionales, que mantiene una relación ambigua con la legalidad –estratégica y oportunista en el mejor de los casos–, y que prefiere tener el mayor control posible del poder político.

Más allá de la personalidad y el estilo de gobernar del presidente, a partir de aquí cabe preguntarse por las consecuencias que esa visión populista de López Obrador tendrá en la sociedad mexicana. Por ejemplo: ¿qué acciones y políticas son consistentes con el populismo del presidente? ¿Qué efectos tendrán en el desarrollo social y económico del país? ¿Cómo afectarán a la democracia y sus instituciones? O bien: ¿qué rol desempeña el populismo de AMLO en la respuesta que su gobierno ha dado a la pandemia de COVID-19?

La respuesta a estas preguntas no solo reviste interés académico. Hoy en día, representan cuestiones apremiantes ante el rápido deterioro que padecen de las capacidades de gobierno y las normas e instituciones de la democracia en este país.

Alejandro Monsiváis Carrillo

Es profesor-investigador en El Colegio de la Frontera Norte y miembro del SNI. Seespecializa en temas de actitudes, valores y comportamiento político, cambio institucional, democracia y rendición de cuentas. Su experiencia docente incluye la impartición de cursos sobre teoría e instituciones políticas y metodología de la investigación política. Ha publicado diversos artículos en revistas indexadas, capítulos y tres libros basados en investigación: La democracia insuficiente: expectativas, deficiencias y descontento políticos en México (El Colef, 2017); Disputar los votos, concertar las reglas: políticas de la legislación electoral en México (Instituto Mora, 2009); y Vislumbrar ciudadanía: jóvenes y cultura política en la frontera (El Colef, 2004). Asimismo, ha editado diversas obras colectivas, siendo las dos más recientes: México 2012-2018: ¿erosión de la democracia? (2019, México: Instituto Mora, en colaboración con Diana Guillén y Héctor Tejera); y La legitimidad como desafío democrático (2017, México: El Colef, con Diana Guillén. Sus publicaciones pueden consultarse aquí: <www.researchgate.net/profile/Alejandro_Monsivais-Carrillo> Correo electrónico: amonsi@colef.mx Twitter: #AMonsivaisC

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