El Presidente opositor Miguel Armando López Leyva

 Después de tres intentos en serie, Andrés Manuel López Obrador se convirtió en presidente del país en 2018. Una clara y contundente victoria, con el 53% de los votos, le otorgó una legitimidad de origen incuestionable. Ningún presidente desde 1994 había obtenido un apoyo tan claro y decidido como el que tuvo hace poco más de dos años el actual jefe del Ejecutivo. A la hora de presentar su segundo informe de gobierno (1 de septiembre de 2020) tiene un nivel de aprobación elevado, similar al de otros presidentes mexicanos en el mismo momento de sus gestiones; desde luego, no es el mismo nivel de arranque, pero sigue siendo un apoyo significativo.

Gracias a ese apoyo, o a pesar de él, el presidente ha gobernado con el tiempo encima, a juzgar por la gran transformación prometida. Su actuar  no parece el de un político interesado en cambiar progresivamente el status quo, sino el de un verdadero héroe nacional en búsqueda de hacer historia (casi esas palabras usó en la última campaña), de “revolucionar” las cosas. No es el cambio institucional que contribuiría a perfeccionar nuestro régimen político, sino el empeño personal en decidir qué debe subsistir y qué no, sin importar mucho las evidencias del funcionamiento de sus componentes; no es la búsqueda de quien tiene el poder para generar beneficios sociales con equidad y justicia, sino la solución pragmática orientada a restituir el papel del “pueblo” como eje dominante de una política del resentimiento.

La intensidad con la que ha gobernado en estos meses y la intensidad con la que ha generado divergencias ha dado pie a muchas críticas que contrastan, como el día y la noche, con los comentarios de apologistas y seguidores. Presidente autoritario y populista son las marcas más claras de esas críticas y bajo ese paraguas se alojan otras descripciones y adjetivos diversos, que enfatizan   el carácter centralizador de su gobierno, su añoranza por el pasado mítico del presidencialismo autoritario, y el discurso polarizador que tiende a descalificar al “adversario” en tanto opuesto “ilegítimo” a las pretensiones de transformación que él encabeza.

En su forma de disentir y polarizar hay una clave de interpretación que ha sido poco explorada. El presidente sabe que es presidente y ejerce el poder sin reparos, pero públicamente actúa como si no lo fuera. Me explico. Es el jefe del Ejecutivo, hace uso de sus atribuciones legales, influye como nadie en las agendas pública y mediática, pero constantemente está confrontando, reclamando, señalando, quejándose.

Como político en la oposición, su comportamiento sería comprensible, no sé si deseable. Lo ideal de un opositor es que actúe como vigilante del poder y señale los desaciertos del poderoso, así sea con exageraciones retóricas. Pero no se esperaría que lo hiciera así el gobernante en turno: enfrentar a los adversarios como si fueran ellos los que gobernaran el país y hubiera que contenerlos, y señalar los errores de los gobiernos anteriores al suyo, reclamando por la herencia negativa que le dejaron como si no fuera modificable (cuando justo eso es lo que está haciendo o intentando hacer).

Es esta la pulsión contenciosa que define al presidente. No hay un ejercicio de moderación en su conducta, esperable de un político que carga con la responsabilidad enorme de llevar a la práctica un programa de gobierno que debe guiar a todos, sin importar las diferencias y matices de opinión.

Quizás su trayectoria política y social, forjada por sus muchos años de experiencia lejos del poder y en desafío constante a él, le hayan dejado una huella indeleble: la del insatisfecho permanente, en búsqueda constante de alguien a quien responsabilizar de los males del país. Es paradójico que en este tiempo en que la oposición política, la de los partidos, está “en la lona”, el único que ha quedado con rasgos que le son propios sea el propio presidente. Ha monopolizado la manera de oponerse. El opositor es él, aun siendo gobernante. Más aún, es parte de su “estilo personal de gobernar”. Es, pues, un presidente opositor.

Miguel Armando López Leyva

Miguel Armando López Leyva: Doctor en Ciencias Sociales con especialización en Ciencia Política por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso – México). Investigador Titular de Tiempo Completo en el Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM. Co - coordinador de los Seminarios Académicos Institucionales “Perspectiva Democrática” (SPD) y Movimientos e Instituciones” (Movin) en el IIS-UNAM. Su línea de investigación es Democracia y movimientos sociales sobre la cual tiene numerosos libros y artículos. Publicaciones recientes: El malestar con la representación en México (en co-coordinación con Jorge Cadena 2019). Colección Café de Altura, Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México; Calidad de la democracia en México: La participación política (2000-2014), México, IIS – UNAM (2017);, y “La democracia a 30 años de la caída del muro. De las expectativas globales a las amenazas internas”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, nueva época, año LXV, núm. 238, enero - abril de 2020, pp. 243-257.

1 comentario

  1. Fernando Castaños   •  

    Una hipótesis complementaria: el discurso actual de Andrés Manuel López Obrador se asemeja más al de un candidato en campaña que al de un presidente en funciones. Su principal estrategia parece ser la de definir la agenda mediática con decisiones llamativas, y no la de convencer con argumentos ponderados. Da la impresión de que su táctica preferida es desplazar emisores, y no la de escuchar la diversidad de puntos de vista que constituyen nuestra esfera pública.

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