Las ciencias sociales en tiempos de Bad BunnyCristina Puga

Escribí una primera versión de este texto como conferencia para el X Congreso de Ciencias Sociales en Chihuahua, en la última semana de marzo. Le hice luego algunos cambios para presentarlo nuevamente en el XIV Encuentro de Estudiantes de Historia de la Región Centro-Sur, en Yucatán hace  una semana. Ni la primera ni la segunda vez era mi intención hacer un análisis de la música de Bad Bunny. El título surgió porque justo el día de la presentación del cantante portorriqueño en el Super Bowl empecé a intentar un catálogo de los retos y  obstáculos en el ejercicio de las ciencias sociales. Pensé que tal vez serviría como una metáfora de los complicados tiempos que vivimos.  Tiempos en los cuales la actuación de un ídolo popular,   acentuada por un modernizado ritmo tropical,  amplificada por los medios masivos y por una coyuntura crítica,  sustituye lo mismo a la recién estrenada canción de denuncia escrita por Bruce Springteen,  que a la protesta colectiva, y, desde luego al análisis sociológico,   para hacer llegar un mensaje que, si bien no tiene contornos y significados precisos, conmueve a una población amplia, latina , predominantemente joven y necesitada de nuevos símbolos y  causas justas.

Pese a la música y el baile que dan un alivio temporal, los tiempos hoy son complejos y tensionantes para la sociedad y para las ciencias sociales. Desde cualquier perspectiva que se vean, son de reajuste y de cambio de paradigmas. El mundo se recuperaba de una pandemia que cerró comunicaciones, cambió formas de convivencia, alteró la vida de millones de personas y de la que seguramente aún no terminamos de medir consecuencias, cuando irrumpió la presidencia de Trump en los Estados Unidos. Con ella se rompían esquemas de corrección política (recordemos que el nuevo presidente estaba siendo juzgado doblemente por su participación en los acontecimientos en Washington  cuatro años antes y por un caso comprobado  de violencia sexual contra una mujer que se sumaba a otras acusaciones anteriores semejantes)   y se iniciaba una era de  fanfarronería, de violación a  leyes de trato entre naciones, de amenaza a  fronteras, de persecución a migrantes, de modificación de  acuerdos económicos (incluida una política arancelaria que los propios Estados Unidos habían defendido durante más de cincuenta años)  y se reinauguraba  un discurso conservador , nacionalista y  acusatorio característico de una  tendencia autoritaria que ha fortalecido gobiernos crecientemente autocráticos en distintos países y que se expresa  en cuestiones tan elementales como el odio a los extranjeros, el machismo,  la negación del cambio climático, el rechazo a las vacunas y el uso arbitrario de la violencia para eliminar a supuestos enemigos internacionales. Todo ello dentro de una singular estrategia performativa que mi abuela caracterizaría simplemente como mala educación y malcriadez.

Como “el fin de una historia cómoda y del orden internacional basado en normas”, lo resumió Carney , el primer ministro de Canadá, mientras llamaba en Davos, a una reintegración económica y política  con nuevas reglas, mayor respeto a derechos y mayor autonomía de las naciones. “Una nueva época que no termina  de emerger”,  dice Manuel Alcántara, el politólogo español en un artículo reciente. Percepciones muy lejos del optimismo que en algún momento acompañó el fin de la pandemia como posibilidad de una era de mayor fraternidad y respeto por  la colaboración  entre las naciones. Hoy se habla de la  crudeza de la destrucción bélica, del nuevo reparto del mundo y  del declive de las democracias. La presencia del crimen organizado dificulta, vigila  o  controla acontecimientos  políticos y económicos.  En numerosas naciones, incluida la nuestra, la participación de  la sociedad en la elaboración de políticas, la transparencia de los procesos,  la prevalencia del estado de derecho son eliminados y sustituidos por presidencialismos verticales y  arbitrarios que declaran tramposamente actuar en nombre del pueblo mientras eliminan espacios y procesos de deliberación. Los actores sociales aceptan pasivamente nuevas condiciones sociales y políticas  a cambio de magras recompensas económicas y promesas de mejores tiempos que nunca llegan.

Para reforzar esta  compleja situación, en los últimos cinco años (mucho antes, pero no nos habíamos dado cuenta por completo) se produce  el  avance vertiginoso de la inteligencia artificial que ha empezado ya a cambiar nuestros hábitos y resultados de aprendizaje, trabajo académico, producción material y cultural e interacción social, más allá de lo que ya habían sido afectados por el desarrollo del internet, la telefonía celular y la expansión de las redes en los últimos 25 años. De hecho, el nuevo estilo político internacional no está desligado de la expansión de la industria digital, ligada a la explotación de metales raros, la búsqueda de nuevos territorios para la instalación de plantas productoras y el dominio de unas cuantas empresas tecnológicas que crecientemente imponen formas de vida, rutinas de atención a la comunicación digital, y necesidades tecnológicas. El mismo Manuel Alcántara  que citaba yo más arriba,   ha subrayado  el papel que la tecnología está produciendo  en una nueva configuración mental y social de los individuos y  señaló recientemente que si  Nvidia y Microsoft fueran países, su ingreso las situaría en los lugares 4 y 5 del PIB del planeta.

Me estoy refiriendo a procesos muy complejos que, sin duda, requieren de atención, de rechazo o  de denuncia, pero al mismo tiempo han abierto una infinidad de nuevos temas y caminos para las ciencias sociales. Cada sociedad, cada país, cada comunidad,  vive y resiente de forma diferente el avance de las nuevas tecnologías, de la robotización que acelera procesos y elimina  fuentes de empleo, de la inmigración descontrolada o, por el contrario de su control violento, de la intolerancia, de la indiferencia hacia el calentamiento de las ciudades, del señalamiento cotidiano de nuevos enemigos , muchas veces definidos por guerras lejanas que reducen el mundo a buenos y malos, y de los recursos teatrales y retóricos que esconden decisiones autoritarias e impopulares. No es el momento para analizar cada uno de esos procesos, pero si para reconocer su presencia como elementos que enmarcan, influyen, explican otras acciones, procesos y políticas en torno a nosotros. Y por supuesto, que merecen ser estudiados,  interpretados y eventualmente solucionados.

 

Las condiciones del ejercicio académico

Algunos de los cambios arriba enunciados tienen efectos sobre la explicación sociológica, pero también sobre la  vida  académica misma,  independientemente de las disciplinas. Solo mencionaré algunos  que tienen que ver con el cambio tecnológico.

Para empezar, las nuevas tecnologías cambian las formas de apropiación del conocimiento. La consulta en internet dinamiza  la búsqueda bibliográfica, nos pone en contacto directo con conferencistas de primer nivel y nos mantiene informados de lo que pasa en el mundo, pero al mismo tiempo se adelanta a nuestra curiosidad y nos resuelve las dudas antes de que las formulemos, nos resume los textos sin  dejarnos leerlos o nos entrega la información previamente digerida y tal vez despojada de elementos críticos visibles. Fría y despersonalizada, la inteligencia artificial puede sustituir  a la verdadera investigación histórica, política y social.

Al mismo tiempo, la relación virtual,  acelerada desde la pandemia, desplaza a la relación presencial.  Ofrece la posibilidad extraordinaria de entrar en contacto con conferencistas de primer nivel, reduce problemas de traslado, abre nuevas fronteras didácticas. Pero las reuniones académicas como esta,  con toda su riqueza de  relaciones, intercambio, cercanía con los colegas y emoción, son  reemplazadas  por la  presencia individualizada desde el escritorio de cada uno. Los profesores en el aula virtual con frecuencia  imparten sus conferencias  sin certeza de que detrás de los letreritos con el nombre que aparece en la pantalla del zoom haya seres humanos reales con cara de que entienden o que no entienden lo que se dice. Muchos posibles  encuentros  se llevan a cabo en  salas vacías con una pantalla al frente….

En los estudiantes se produce simultáneamente un asombroso conocimiento sobre la época junto con un  creciente analfabetismo intelectual. No los estoy menospreciando. Las nuevas generaciones son hábiles con la computadora y una multitud de avances electrónicos; son  capaces de buscar y encontrar temas e informaciones en un santiamén; leen y hablan  en otro idioma  y a veces en más de uno, generan nuevos términos y explicaciones, ganan olimpiadas de física y de matemáticas. Pero la literatura les cuesta muchas horas de atención a la que no están muy acostumbrados y la historia les parece terriblemente lejana e inútil.   Mis alumnos usan las búsquedas electrónicas para identificar personajes,  fechas,  épocas, pero su interés es poco: ¿Para qué saber quiénes eran liberales o conservadores, centralistas o federalistas, miembros de la primera o la tercera internacional o fundadores de la república de Weimar? ¿Qué fue primero: la Revolución francesa, la guerra de independencia de los Estados Unidos, la Carta Magna o la Revolución de octubre? Y pregunten a un estudiante de otros países donde está Guatemala, Ecuador o Paraguay. Conocimientos que se les van haciendo lejanos frente a la cantidad impresionante de acontecimientos – devastación en Gaza, guerra en Irán, barcos detenidos en Ormuz, destrucción en Lituania, escándalos de monarquías sin corona,  a los que los estudiantes tienen acceso todos los días mediante el expediente sencillo de encender su celular o abrir la computadora. Y ni siquiera en eso hay un interés intenso. Pocos ven los noticiarios (dudo que eso sea lo que escuchan con sus misteriosos audífonos mientras van de un lugar a otro) y cada vez menos creen en las opiniones de editorialistas y comentaristas políticos.

Afortunadamente en medio de esa generalizada indiferencia juvenil  hay  elementos esperanzadores. Los libros no han desaparecido, como vaticinaban los pesimistas. Las ferias literarias se llenan de jóvenes y hay una impresionante   producción de novelas de romances medievales, mundos alternativos y personajes  dotados de poderes extraños que atrae la atención de niños y adolescentes. Nuevas asociaciones se construyen y grupos ciudadanos en todo el mundo reclaman derechos. Hay caminos de resiliencia, pues.

Para la docencia  el proceso tecnológico supone retos de todo tipo: los analistas en educación han empezado a advertir de la pérdida de retención de niños y adolescentes y algunos gobiernos preocupados por el excesivo predominio del uso de tablets y celulares han decidido prohibir su uso hasta después de los 14 años. Importantes analistas como Daniel Innerarity recomiendan aprovechar todas las ventajas de la IA para hacer la investigación más fácil y más productiva, mientras muchos  profesores nos preguntamos cómo asegurar que se siga produciendo conocimiento original y no refritos del grock. ¿Cómo evaluar el avance de los alumnos,  cuando la IA produce textos sobre casi cualquier tema? ¿Habrá que imaginar nuevos diseños curriculares, formas de aprendizaje y respuestas inteligentes para enfrentar al inminente desplazamiento de formaciones profesionales por parte de  la  intervención  tal vez poco creativa, pero certera y  asentada en conocimientos previos, de las inteligencias artificiales? Se habla crecientemente de las  microcredenciales y algunos audaces han propuesto volver a la formación universitaria básica, humanista y liberal y prescindir del conocimiento especializado.

 

El desprestigio de la ciencia

Paradójicamente, junto con el  avance de la tecnología, existe simultáneamente una desconfianza hacia la producción científica, tal vez porque hay intereses a los que le conviene que solo unos cuantos tengan el control de los nuevos conocimientos. En todo caso, hay una descalificación hacia los científicos (tachados de superficiales,  dispendiosos e indiferentes hacia las necesidades de la sociedad) junto con  una tendencia global a reducir el presupuesto de universidades e instituciones de investigación. Generalmente son las ciencias sociales las primeras afectadas. El gobierno de los Estados Unidos que mantenía un importante financiamiento a organismos internacionales  está reduciendo su aporte a la UNESCO, UNICEF o la OMS, lo cual repercute en recortes a  presupuestos de investigación. Con frecuencia hay que recurrir a    fundaciones privadas  a las que las ciencias sociales les tienen ciertas reservas. Y, pese a las condiciones crecientemente precarias del ejercicio de la investigación y la docencia en el mundo y en nuestro país, cada vez más se nos demandan soluciones a problemas urgentes, trasladando la responsabilidad que corresponde a los gobiernos a quienes trabajamos en la producción de  conocimiento.

Ciertamente la posibilidad de un mundo mejor, mas justo, igualitario y democrático está en el horizonte de las ciencias sociales. En esa dirección la sociología, la ciencia política, la historia, la antropología, la geografía o la psicología social aportan   explicaciones, propuestas, conceptos y teorías explicativas. Lo hacen en diálogo permanente con la sociedad a la que  los científicos sociales pertenecen y estudian. Su aporte, por ello, va más allá de las soluciones precisas que supuestamente deberían producir. Cuando hay una intención expresa puede suceder que se establezcan canales más o menos eficaces, pero no necesariamente. Con frecuencia, los resultados se guardan en un cajón y no encuentran una aceptación por parte de autoridades o grupos sociales. Y,  sin embargo, avanzan a través de los salones de clase, las tesis de licenciatura y posgrado, los intercambios con los colegas, las conversaciones con actores interesados. Los conceptos se cuelan al lenguaje cotidiano. Gobernabilidad, gobernanza, colonialismo interno, gentrificación, discurso, narrativa, migración interna. Y el cambio, aunque no lo veamos en el momento, es acumulativo.

A manera de conclusión.

¿Tiene todo lo anterior  que ver con el fenómeno Bad Bunny? Sí , en cierta manera.

Me cuesta trabajo entender la música de Bad Bunny. Reconozco  que desde siempre, la música ha sido vehículo de sentimientos profundos y que una actuación oportuna -un  atleta negro alzando el puño en la olimpiada del 68, un discurso audaz  en la entrega de los óscares-  puede aportar simpatía y solidaridad a una causa. Por eso Unicef o la Asociación para los refugiados de la ONU recurren a actores famosos (Angelina Jolie, Liam Neeson, Luis Gerardo Méndez) para estimular donativos. En mi época, la protesta se nutría de Joan Baez, Bob Dylan y Los Folkloristas. Participé en un grupo que promovía la canción de protesta en la segunda mitad de los sesenta -antes y después del 68- y las canciones eran directas y susceptibles de ser musicalizadas por guitarristas más o menos talentosos. “Yo quiero que a mi me entierren como a revolucionario”, o la de Zitarrosa,  “En mi país, que belleza, cuando empieza a amanecer…” o en fin, hasta el “pasar haciendo caminos”,  de Joan Manuel Serrat.” Todos muy lejos del ritmo pegajoso y la jerga boricua  del cantante portorriqueño  que  cuenta con un enorme prestigio ganado a través de sus grabaciones y premios en festivales y encuentra eco en una generación que se precia de poder entender su no siempre  comprensible pronunciación y que se siente bien contonéandose al ritmo que sus canciones marcan.

El día del Super Bowl, con  el apoyo de un bien trabajado espectáculo de quince minutos – elaborado mediante una posible utilización de la inteligencia artificial– reproducido por cámaras  en pantallas gigantes y enviado a celulares, tablets y computadoras de todo el planeta,  Bad Bunny  tuvo una enorme eficacia mediática y mejoró el ánimo popular.  Su  actuación sexualizada, aceptadamente machista pero  empática y llena de dinamismo, le recordó  a un presidente encerrado en sus propias explicaciones y espectáculos, que los Estados Unidos no son América, que llevan décadas de colonización latina, aquella que alarmó a Huntington hace treinta años, y que su lucha contra la inmigración es seguramente una batalla perdida a pesar  de la violencia de sus fuerzas de seguridad. El mensaje, por su oportunidad y su alegría, causó un  impacto   inmediato y  generó una   simpatía y solidaridad mayor de la esperada. Por eso vale la pena reflexionar en lo sucedido.

Bad Bunny es un pretexto que nos recuerda que lo que sucede a nuestro alrededor es contexto, es posible y plausible motivo de análisis; es provocación para pensar en otras situaciones semejantes a lo largo de la geografía y de la historia. Su espectáculo puede  ser visto de igual manera  como una  llamada de atención al desplazamiento del análisis crítico y su sustitución por la publicidad, la simplificación y la imagen reproducida en las redes sociales,  que como una  demostración de que la sociedad encuentra eficaces caminos alternativos para expresar su descontento y manifestarse frente al poder. Para el caso de las ciencias sociales que son las que nos traen a este Congreso, es un recordatorio, junto con muchos otros, de la multitud de nuevos temas que demandan atención para cumplir con aquello que C. Wright Mills les solicitaba a nuestras disciplinas: vincular a la biografía con la historia. Es decir,  estudiar y explicar el acontecer cotidiano para hacerlo significativo y comprensible a la sociedad a la que pertenecemos.

 

Cristina Puga

Licenciada en Sociología, maestra y doctora en Ciencia Política y pasante de Letras Inglesas, todas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente forma parte del personal académico del Centro Peninsular en Ciencias Sociales y Humanidades (CEPHCIS) de la UNAM, en Mérida, después de 50 años de ser profesora titular en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS). Pertenece al Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII). En 2025 obtuvo el Premio Universidad Nacional en Docencia en Ciencias Sociales. En 2009 recibió la distinción Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la UNAM y en 2020 el Premio a la Trayectoria Académica de la Asociación Mexicana de Ciencia Política (AMECIP). Ha investigado y publicado libros, capítulos y artículos sobre política empresarial, acción colectiva, sociedad civil y participación democrática, así como sobre el desarrollo y avance de las ciencias sociales mexicanas. Sobre los mismos temas ha coordinado diversos proyectos en la FCPyS y en el IISUNAM. En este último participa desde hace años en el Seminario Perspectiva Democrática y en el Observatorio sobre la Democracia. En el CEPHCIS es corresponsable del Seminario "Democracia, desarrollo y cambio social" e integrante de un grupo de trabajo sobre Gobernanza. Entre sus publicaciones recientes están los libros coordinados con Rosalba Casas, Oscar Contreras y Alfredo Hualde, Problemas estratégicos y ciencia social editado en 2025 por el CEPHCIS y el Consejo Mexicano de Ciencias Sociales (Comecso) y La investigación en ciencias sociales en México. Capacidades y retos para la generación y movilización del conocimiento, editado en 2026 por el Colegio de la Frontera Norte. Fue la primera mujer directora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de 1996 a 2000. Ha sido, asimismo, coordinadora del Consejo Académico de las Ciencias Sociales de la UNAM, coordinadora del Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales y Secretaria Ejecutiva del Consejo Mexicano de Ciencias Sociales (COMECSO). Es miembro de la Academia Mexicana de Ciencias; miembro fundador de la Asociación para la Acreditación y Certificación en Ciencias Sociales (ACCECISO, 2001) y de la Red PROCIENCIAMx. Forma parte actualmente de la Comisión Dictaminadora de Ciencias Sociales en la ENES Mérida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *